Un tesoro de vida.

Un instante, un simple diagnóstico, cambió  mi vida en toda la dimensión de mi existencia. 
Corría el año 1996, el ciclón Lily azotaba mi ciudad natal, la de los puentes y los ríos,  allá en la reina de las Antillas, Atenas de las letras y las musas enamoradas y seductoras de poetas y escritores, de danzones y cabildos, de empedrados y viejos muros mancillados por el tiempo y el olvido. Y volviendo al punto de partida, les cuento que en aquellos días aciclonados, mi estado de ánimo y mi estado físico andaban medios revueltos, lo achacaba al cansancio de los preparativos para recibir la llegada de la invitada que venía con toda su furia para acabar y arrasar con lo que se atravesara en su periplo, cortejada por el viento infernal, lluvias torrenciales y las olas tempestuosas del mar bravío y desafiante. Así transcurrieron varios días, de preocupaciones y recortes de todo tipo, las perspectivas de la recuperación para la ciudad siempre nefastas, años tras año se iban acumulando desastres que quedaban en el capítulo de casos sin resolver, pero bueno ese no era el dilema que me angustiaba. En aquel entonces el punto básico era si alguna enfermedad de esas terríficas andaban deambulando por mis células y esa sí  que era una disyuntiva  suspendida en el enigma: del qué será ?
Por fortuna uno de los tesoros de mi vida, lleva el conocimiento y la sabiduría médica como un estigma y siempre, con la sensatez y la sobriedad de su profesión impecable, mi hermano con solo mirar mis ojos, me respondió con esa sencillez a veces dantesca, digo yo:
- Miermo, o tienes una indigestión o dentro de 9 meses tendrás la respuesta de tu enigma.
Wow, qué sorpresa!  Habían sido años de intentos por lograr el ansiado regalo de Dios, y nada había funcionado. Ya todo había quedado como algo imposible en mi pretérito DE UN TIEMPO QUE SE ALEJABA  y me enfocaba en el trabajo que amaba, forjando voluntades y ganando cientos de hijos cada año entre libros y docencia, concursos y eventos pedagógicos,  todas esas labores que cuando se hacen con el corazón y con vocación dejan huellas  inolvidables para toda la vida.
Me había entrenado en ese arte sin estudios de ser mamá, con mi único sobrino, el más bello de todos los sobrinos en este planeta, porque por algún tiempo  lo tuve solito para mí en mediodías y tardes, disfrutando los cuentos, historias recreadas con personajes exclusivos y fábulas increíbles  que sólo salían de mi imaginación y mirando esos ojitos achinados y pícaros que hacían gala de su incipiente inteligencia, muy parecida a la de su tía, según su padre y mi hermano, vale la aclaración.
Siguiendo el hilo de esta historia, les contaré que esa mañana en que mi hermano con sólo mirarme hizo su diagnóstico, fuimos al Hospital para  realizarme un ultrasonido ginecológico y efectivamente, 8 semanas de embarazo era la respuesta del acertijo que me había mantenida desvelada tantas noches y con esos nubarrones de preocupaciones y presentimientos tan pesimistas.  Pero la realidad era otra, la felicidad y el abrazo de hermanos sellaron aquel instante que ha quedado en mis memorias y que cambió para siempre mi óptica de vida. Ella era portadora de un mensaje diferente, era necesario prepararme en cuerpo y alma para el mejoramiento de mi esencia en todos los sentidos , para aprender a ver que no todo era un sí o un no absolutos, que en los caminos de Dios no hay imposibles, que en la dimensión esotérica de lo desconocido vive el fruto eterno de la vida, esa que se multiplica y llena de luz los rincones oscuros del silencio y lo incognoscible.
Luz de amor bendijo a mi hogar y a mis seres queridos. Todo tomó un nuevo brillo a mi alrededor. Mi eterna vocación por educar e instruir tomaban nuevas perspectivas, el aire maternal lo respiraba en cada intento de mi vida, y creo que ese alimentó mis pulmones con tantas energías, que es el mismo que siento respirar con ese aroma único y que se  repite  en mi presente día a día, catorce años después y en otra latitud lejana de aquel cielo que me cobijó toda la vida y que bendijo el llanto del tesoro en aquella primavera de mi vida.  En cada gota de conocimientos que multiplico en almas, está presente el  evangelio vivo  y paciente de comunicar amor en cada obra, con la sabiduría y el ángel que la invita y la incita, incorpórea y etérea, emotiva y virtuosa, cultivando ideales y apotegmas de vida. 
 Aquel instante mágico, en que pude experimentar que la semillita del amor más incondicional crecía en mi útero,  para dar una nueva dimensión al espectro del horizonte de mis días, dio un nuevo sentido a la esperanza y a ese aletear de la libertad que se iba animando con nuevos bríos y con el empeño de aspirar nuevos escalones, en busca de  estrellas en un cielo despejado, sin las nubes de la hostilidad y la expresión oprimida, vestida de  falsos eslogan y consignas atrapadas.
Ese fruto de amor vio la luz un bello día de mayo, y la historia continúa y el camino ha sido largo, y miles de estrellas hemos alcanzado en otro cielo, pero con la aspiración de seguir llenando el intelecto de ese evangelio de amor en la sagrada obra de la vida.
Cinco meses después un nuevo lucero se cobijaba en mis entrañas, historia también para contar y vivirla en medio de contradicciones, desamor, engaños y mucho dolor que marcaron para siempre otro capítulo de mi vida. Sendero de emociones lavados con lágrimas y  el renacer del fénix de mi alma, entre las cenizas de un capítulo que cerró los círculos de una historia y que abrió nueva morada  a la esperanza.

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