Del Cobre y el Turquino

 


Te siento en la ventisca de fárragos desvelos,
refugio de silencios y lágrimas de anhelos.
Es tu manto de estrellas Señora soberana:
amparo de añoranzas en diáspora lejana.


  Hialina es la mirada cual Cénit de la aurora,
piedad que conmociona y arrulla protectora
excelsas las plegarias en vísperas de albricias
y acequias de oraciones fluyendo sus primicias.


Te siento solitaria en páramos desiertos,
custodias las angustias ajadas que flagelan
y exilian los recuerdos en prados de tristezas.


Y adornas primaveras en montes que consuelan,
sinsontes peregrinos trinando las proezas
del Cobre y el Turquino: moradas de libertos.


 
 

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