A la sombra de un laurel: Encuentro de Horizontes.


Sentados a la sombra de un laurel, mirando el horizonte sin propuestas, estaban consumiendo los minutos en la contemplación sublime y sin palabras. El abismal silencio  confundido con el misterio del aire, la brisa celestial y el arrullo de las alondras en su tierna sinfonía. Arco iris de reflejos entre las ramas y el silencio, consolidando su alianza con el desafío ante lo incierto.
Ella toda de azul, él todo de negro. Contrastes metafóricos, reto eterno entre la inmensidad de lo celeste y el arcano misterio del silencio lúgubre de la oscuridad.
Estaban allí, perdidos entre quien sabe cuantos pensamientos. La belleza del universo vasto, su majestad excelsa entre el verdor de la llanura , el desafío lejano de las montañas en sus cimas tocadas por las nubes, besando cada rayo de Sol como novias regias del paisaje, iban dejando sus estigmas matizando primaverales destellos y presagiando azares.  El murmullo del manantial travieso, cristalino y seductor en la pureza de sus aguas frías, mágico en su cadencia, estrepitoso y suave, invadía con arpegios los rincones con sus contradictorios acordes, cuando perdía su curso para entonar con fuerza el himno de su caída loca entre las piedras. 
Y el silencio llenando el corazón conmovido, insistiendo en su permanencia, extasiado por el frenesí que lo perpetúa todo y lo arrebata todo. Los ojos a lo lejos perdidos en lo desconocido, en la perfección inasible de la armonía, inspirando un deleite incomparable. Páginas suspendidas en las memorias, esencia y naturaleza del amor lavadas con lágrimas, despedidas y soledad. Silencio de voces apagadas, efímeras promesas y prolongadas añoranzas. Ella, siempre de azul, grandiosa en la vastedad de su imaginación, con las páginas prendidas a su alma, rociados sus cabellos por las pequeñas flores blancas del laurel, siempre verde, siempre distinguido, coronando la elocuencia y testigo silencioso de su tiempo. Él, triste y de negro con la historia de su mundo y de su tiempo eterno, sin páginas escritas y sin propuestas, solo escuchando el vaivén del silencio, acariciando con sus ojos el azul de la mirada tentadora de la lejanía, apretando su mano junto a la de ella y estrechando en su pecho aquella rosa roja que despedía el aroma fascinante del encuentro.
Y allí siguen como cada amanecer, al despertar el Sol del cortejo enamorado con la Luna, desafiando todas las tempestades, bajo la sombra acariciante del laurel, conjurando los silencios de sus tiempos y contemplando bajo un mismo cielo dos horizontes en el silencio, uno todo de azul, otro todo de negro. Y la rosa siempre bella, siempre roja, en cada renacer del alba, renovada en el crepuscular delirio de la noche y atravesando el pecho del amor con el aroma fresco del encuentro eterno.

Comentarios

  1. Encuentro de tiempos, estaciones, almas que se buscan eternamente. Bellos pasajes recreados por tu pluma. Te abrazo desde mi distancia.

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  2. El silencio dice más de lo que puede expresar una palabra. Mi silencio hoy te habla al corazón.

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  3. Tienes la propiedad de describir con tal precisión los paisajes y las situaciones que trasladas al lector a tu mundo.
    Un abrazo y gracias por compartir tu obra.

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    1. Gracias a usted por su gentil comentario. Agrada saber que puedo lograr que trascienda lo que vierte mi alma a través de las letras.

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