Calladamente


Callada va la niebla peregrina
dejando filigranas entre rosas,
surtiendo la deidad de sus primicias
y el álveo del crepúsculo en la aurora.
Entró sin claudicar calladamente
fragante en el aroma del rocío
y allí acampó, osada entre cipreses
cargando esperanzada su delirio.

Quiso el azar de anhelo y desatino
verter calladamente su letargo,
con soplos milagrosos de optimismo
venciendo las nostalgias del ocaso.
Sutil al avanzar en las pendientes,
supo esperar del alba sus caricias
y así admirar la angustia evanescente
en tanto la alborada resucita.


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